Hay días que te demuestran que una boda no la define el clima, sino la gente que la llena. Esta joven pareja se dio el sí quiero en Mas Vidrier en una tarde donde el otoño decidió presentarse con lluvia. Tocó activar el plan B y resguardarse bajo techo, pero lejos de enfriar el ambiente, el cambio de planes convirtió el inicio de la celebración en algo íntimo, acogedor y brutalmente eléctrico. Con un grupo de invitados jovencísimos y entregados, el mal tiempo se olvidó en el primer minuto.
La energía era tan alta que parecía que contagiaba hasta el cielo: contra todo pronóstico, la tormenta amainó y finalmente salió el sol. Ese giro inesperado nos regaló una luz de otoño espectacular para el tramo final, desatando las ganas de fiesta de todo el mundo. La calidez de los abrazos, las risas espontáneas y un ambientazo que no decayó ni un solo segundo demostraron que, cuando hay ganas de celebrar, sale el sol por donde haga falta. El resultado en cámara es una película llena de contrastes, euforia y un fiestón de los que hacen época.